miércoles, 30 de diciembre de 2015

CAMINATA ENTRE CARAZO Y EL RÍO ARLANZA (26 de diciembre de 2.008)


CAMINATA  ENTRE  CARAZO Y EL RÍO ARLANZA
  (26 de diciembre de 2.008)
 Andarines: Míguel, zequi y arsenio


   Como ya viene siendo habitual en Villafruela por estas fechas, correspondía al pasado 26 de diciembre realizar alguna ruta en familia por nuestra tierra burgalesa. Durante la  tarde anterior (día de Navidad), Zequi, Míguel y el que esto cuenta, Arsenio, intentamos planificar el itinerario acudiendo al Internet rural de "Las Escuelas", pero la señal no nos era propicia; finalmente, con la ayuda de unos planos no muy precisos por escala e impresión, nos decidimos por una marcha combinada entre la realizada hacía un año, en compañía de Marta, cuando ascendimos desde Carazo  las Mesetas de San Carazo y San Carlos (Alto de la Mirandilla), y otra parte novedosa que, en vez de regresar al punto de partida, continuase descendiendo desde el segundo cerro  hacia Contreras, para después completar la ruta hasta enlazar con el río Arlanza a la altura del primer puente de la carretera que proviene de Covarrubias. En ambos puntos, de partida y de llegada, dejaríamos aparcados previamente sendos coches para facilitar el regreso.
   Todo el recorrido está incluido en el Espacio Natural de la Yecla y los Sabinares del Arlanza que, situado al oeste la Sierra de la Demanda, alberga uno de los sabinares mejor conservados y extensos de Europa. El río Arlanza atraviesa estos parajes formando un desfiladero sinuoso en medio de paredes calizas con cortados impresionantes, oquedades y cuevas, que albergan una avifauna importante. También cruza lugares mágicos en la historia de Castilla, como el monasterio de San Pedro de Arlanza y la villa de Covarrubias.

Carazo tiene una población de 44 habitantes y está situado a una altitud de 1.142 metros; el GR - 82 atraviesa la población y entre sus monumentos destacan la iglesia de Santa Eugenia y la ermita de la Virgen del Sol. En sus alrededores se han encontrado vestigios romanos y su término era cruzado por la calzada que unía Clunia y Tritium Magallum.
   Según el plan previsto, sobre las diez de la mañana del día siguiente (26 de diciembre), partímos de Carazo, los dos tíos y el sobrino, con un cielo gris y algo ventoso, a un ritmo "ligerito", pues intuíamos que la travesía sería larga y con una segunda parte, a partir de Contreras, de trazado incierto.


  Tomamos el camino que se dirige hacia el arroyo Mataviejas, pasando muy pronto al lado de un área recreativa infantil. En la ribera del río destacan, entre  hileras de chopos, algunos nogales de porte magnífico; enseguida, al ir ascendiendo, aparecen las primeras sabinas que nos sorprenden por su esmerada poda, lo cual invita a recordar con admiración a los autores de estos cuidados forestales. Su presencia será constante durante toda la ascensión.
Enseguida, la senda se empina y así seguirá sin compasión hasta alcanzar la loma de la Mesa de Carazo; algunos resaltes calizos destacan sobre la ladera de la izquierda; el arroyo va perdiendo caudal a medida que ascendemos. En  algunos descansillos aprovechamos para tomar aire y para disfrutar de la panorámica que se abre en el valle con Carazo al fondo.


  Ya en la meseta de San Carazo giramos hacia el oeste y, mientras avanzamos hacia la cornisa meridional, nuestra primera impresión es de cierta decepción, pues tampoco esta vez disfrutaremos de las vistas de la Sierra de la Demanda debido a la nubosidad alta que las envuelve; aún así, las sensaciones que se perciben desde estas peñas son especiales: te sorprende el vasto sabinar arraigado en pura roca caliza del Cretácico que cubre esta meseta a una altura media de 1.450 metros; según avanzamos por la arista hacia el oeste impresiona el cortado rocoso que rodea esta gran mesa; las vistas son espléndidas: al fondo, en el valle, se descubre una gran masa de robledal rodeada de enebrales en los costados; a lo lejos se otean los montes que rodean Silos y más allá, las Peñas de Cervera que limitan el horizonte por el sur. Al oeste, ya aparece majestuoso el fuerte de San Carlos en el Alto de la Mirandilla, hacia donde nos dirigimos. Tras coronar la parte cimera (1.458 metros), van apareciendo varias grietas hasta que nos corta el paso una enorme sima, cuyo fondo aparece marcado por un surco de nieve; la erosión geológica ha abierto un tajo profundo en la roca que se abre al precipicio. Miguel anuncia una futura incursión investigadora para descubrir en las profundidades sus misterios ocultos.







    En el límite del cortado occidental, recordamos, del año pasado, la grieta de bajada, y raudos descendemos hacia el Collado Rasa (1.131 metros), para proseguir hasta el repecho, que nos dejará en lo alto del Fuerte San Carlos (1.454 metros). Zequi ya viene reclamando una parada para almorzar, y así lo hacemos nada más alcanzar la loma. Sin trago de vino que echarnos al coleto, sino con agua fresquita, degustamos queso y algo de embutido, con buena torta, amén de turrón blando y orejones navideños que nos saben a gloria. Enseguida Míguel anima a no hacer el remolón, pues queda aún mucha travesía.
    Pronto aparece uno de los cubos de la muralla que rodeaba el recinto de San Carlos; conserva unos 5 ó 6 metros de altura, aunque por su cara sur amenaza ruina; después aparece otro peor conservado y restos de paramento. Prosiguiendo por esta cara descubrimos un monumento más moderno, cuya inscripción no aparece clara, y restos de una torre cuadrada. En esta meseta, de dimensiones más reducidas que la anterior, apenas aparecen sabinas, debido, quizá, a los asentamientos humanos que se sucedieron a lo largo de los siglos. Ya los celtíberos descubrieron su función como lugar de vigía. En la Edad Media fue fortaleza en litigio, a partir del siglo X, entre moros y cristianos y, posteriormente, entre castellanos y navarros. Hasta en la primera guerra carlista tuvo su importancia estratégica.
    Desde este mirador, las vistas son también espléndidas: hacia el noroeste se divisa el extenso sabinar milenario, que se extiende en lontananza hasta alcanzar la Sierra de las Mamblas, únicamente sesgado por el río Arlanza, que serpentea caprichosamente entre Hortigüela y Cobarrubias. Más al Norte, el sabinar se acerca al arroyo de la Estacada, el cual, cerca de su final, forma un pequeño cañón, cuyas pared derecha trepa hacia la Sierra del Gayubar (1.236 metros). Bajando la vista, contemplamos Contreras, pueblo con gran encanto, que se encuentra en medio de una amplia hondonada.

   De nuevo volvemos a albergar sentimientos gratificantes en medio de una montaña mágica, rodeada a su vez de un espacio natural con características históricas, paisajísticas, geológicas y botánicas singulares, a medio camino entre la meseta castellana y la cordillera Ibérica.
   Pero el tiempo apremia y el cielo se va tornado plomizo; escrutamos el camino a seguir, y dudamos entre atravesar el sabinar por la zona alta del monte, o descender hasta Contreras, para después avanzar hacia el arroyo que nos acercará hacia el río Arlanza. Acordamos la segunda opción y comenzamos el descenso hacia el pueblo, deteniéndonos un momento para disfrutar de dos lagunitas al pie de unas encinas.

   En las inmediaciones del caserío observamos plantaciones que nos parecen nogales. En la entrada, cerca de una fuente, pasamos junto a una alberca y un destartalado molino. Atravesamos Contreras por la calle de la Asunción, parándonos únicamente en dos plazuelas con sendos monumentos: uno dedicado a un personaje ilustre del lugar, de apellido Lara, y el otro que contenía dos árboles fosilizados con una inscripción que databa su edad. En varias casonas de piedra aparecían escudos en sus fachadas, y en otras, más modestas, apreciamos su estructura de machones de enebro, típica en la arquitectura rural de la zona.
   Elegimos el camino que se dirige al arroyo de la Estocada y, tras atravesar tierras de labor, nos acercamos a su cauce por la margen izquierda, en la que alternan rebollos y quejigos indistintamente. Seguimos por la orilla del río, donde  pronto confluye otro arroyo, el del Zacejo.
 Paulatinamente, se va encajonando el vallecito y aparecen los cortados rocosos en los que se distinguen, posados en sus cornisas y cantiles, grupos de buitres leonados; en el cielo también planean cerca de un centenar de carroñeros. Otras rapaces que proliferan por estos parajes son el águila real, el búho real, el halcón peregrino, etc... En lo alto del paredón de enfrente, se distinguen varias tenadas de ovejas con sus marcados tejados rojos (tenadas de Valdelacasa). Cruzamos el arroyo y, en la otra orilla, en medio de la pradera, descubrimos un pintoresco chozo pastoril de forma circular, más amplio que otros conocidos de la zona del páramo. Nos introducimos en su interior, y de nuevo nos sorprenden los buitres en el cielo a través de un ventanuco del tejado. Un enebro curvado ejerce de caballete, soportando la techumbre formada de largueros y ripia de enebro; una cubierta de argamasa cubre el exterior.


  Seguimos avanzando por el fondo del cañón que se estrecha hasta el punto en que debemos elegir entre dos opciones: una, avanzar chapoteando por el torrente, y otra, retroceder y salir del desfiladero; Decidida la segunda, debemos trepar por la pendiente izquierda y caminar hacia poniente; atravesamos otra vaguada con ascensión incluida; ya en la loma, descubrimos la carretera que paralela al río Arlanza proviene de Hortigüela. Animados por esta referencia decidimos proseguir, sin perder altura, con el mismo rumbo. Cruzamos un encinar muy tupido y, caminando de esta guisa, con algo de incertidumbre, descubrimos por fin, de frente, otro tramo de carretera con puente incluido; con la ayuda del plano nos cercioramos de que se trata del segundo puente de la carretera que proviene de Covarrubias. Descendemos hacia el río Arlanza y una senda, por su orilla izquierda, nos acercará a la carretera. Paramos un momento en un claro del sendero y descubrimos el monasterio de San Pedro de Arlanza en el fondo del valle y la ermita de S. Pelayo en lo alto de una roca; Míguel nos recuerda a Fernán González, cuya leyenda le nombra como fundador de dicha ermita tras una promesa realizada a San Pelayo, monje eremita a quien encontró, huyendo de un jabalí, en una cueva situada en la parte inferior del promontorio. Más adelante nos sorprenden sobre el río, grandes bloques de roca desprendidos desde los cortados superiores, tras las recientes lluvias del otoño. Los efectos del derrumbe son notorios en la vegetación de la ladera, donde aparecen arrasados y tronchados cantidad de enebros y arbustos. Este exceso de la naturaleza me recuerda otro similar, aún más espectacular, en el alto Tajo, conocido como el Hundido de Armallones.

  El paseo, a pesar de este incidente, es plácido; mas para completar la excursión empiezan a caer los primeros copos de una nevadita que nos acompañará, primero, hasta el puente que oteamos desde lo alto, y después, ya por carretera, hasta el siguiente, donde en sus inmediaciones nos espera el Peugeot de Beni. Dejó de nevar y una fina capa de nieve cubría la carretera. Con Zequi al volante y con precaución, seguimos el Arlanza curso arriba hasta cerca de Salas, donde nos desviamos hacia Carazo, punto de partida de la ruta. Aquí nos despedimos y, cada mochuelo a su olivo con un recuerdo muy grato por la magnífica travesía que habíamos realizado. No habían faltado ninguno de los ingredientes propios de una gran jornada en la naturaleza: paisajes singulares y variados, pueblos con encanto, monumentos, historia, avifauna protegida en zona ZEPA ... y, todo ello, ambientado con pequeñas dosis de intriga y aventura.

¡  FUE UNA FELIZ CAMINATA DE DESPEDIDA DEL 2.008  !

26 diciembre de 2.008




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